SAN HERMENEGILDO, MARTIR

MÁRTIR DE LA ORTODOXIA 

SAN HERMENEGILDO

Hoy a través de la palma de un mártir (San Hermenegildo) se nos muestran los misterios de Pascua.

Hermenegildo, príncipe visigodo inmolado por un padre obcecado por la herejía.

La causa de su muerte fué la constancia con que rechazó la comunión pascual que un obispo arriano quería obligarle a recibir de sus manos.

El mártir sabía que la sagrada Eucaristía es señal de la unión católica y que está prohibido participar de la carne del cordero pascual con aquellos que no pertenecen a la verdadera Iglesia.

Una consagración sacrílega puede poner en manos de los herejes los Misterios Eucarísticos, si existe el carácter sacerdotal en quien ha tenido la osadía de traspasar la barrera del altar del Dios de quien blasfema; pero el católico consciente de que no está permitido orar con los herejes, se horroriza al ver el misterio profanado y permanece apartado de él para no ultrajar al Redentor en el misterio mismo que estableció para unirse con sus fieles. La sangre del mártir fué fecunda. España, cautiva por el error, rompió sus cadenas; un Concilio de Toledo consumó la reconciliación a la que había dado principio tan santa víctima. Espectáculo sublime y raro en la historia del mundo el ver a toda una nación abjurar de la herejía; pero esta nación fué bendita por el cielo. Sometida a la dura prueba de la invasión sarracena triunfó de ella por las armas, y su fe, después siempre pura, la mereció el más noble de los títulos de un pueblo: el dé Católica.

Vida

San Hermenegildo fué hijo de Leovigildo, rey de los visigodos de España, y de Teodosia. Asociado al reino, como su hermano Recaredo, en 573, fijó su residencia en Sevilla. Allí, su esposa Ingonda y el obispo San Leandro, le determinaron a abandonar la herejía árriana y a abrazar el catolicismo. Al perseguirle su padre, que permanecía siendo arriano, Hermenegildo llamó en su ayuda a los bizantinos: pero creyó conveniente acceder a una entrevista que le propuso su padre, y éste, habiéndole hecho encarcelar, probó todos los medios de hacerle volver a la herejía. El día de Pascua del año 586 el rey le envió un obispo arriano para que le llevase la comunión. El joven la rechazó: Entonces su padre mandó decapitarle. San Hermenegildo es patrón de la ciudad de Sevilla. Urbano VIII extendió su culto a toda la Iglesia.

PLEGARIA A SAN HERMENEGILDO

¡Oh Hermenegildo! Impertérrito defensor de la verdad del símbolo de la fe, hoy te ofrecemos nuestros homenajes y acciones de gracias. Tu valerosa muerte mostró el amor que tenías a Cristo y tu desprecio de los bienes terrenos nos enseña a menospreciarlos. Nacido para el trono, un calabozo te sirve aquí de mansión y de él partes para el cielo, ceñida la frente con la palma del martirio, corona mil veces más preciosa que la que se te ofrecía como precio de una vergonzosa apostasía. Ruega ahora por nosotros; al escribir la Iglesia tu nombre en su ciclo sagrado te convida a ello en estos días. Pascua fué tu día triunfante; haz que sea para nosotros verdadera Pascua, una completa Resurrección que nos conduzca siguiendo tus huellas a la mansión feliz donde tus ojos contemplan a Jesús resucitado. Haznos firmes en nuestras creencias, dóciles a las enseñanzas de la Iglesia, enemigos de todo error y de toda novedad.Vela por España tu patria, a cuya sangre derramada en testimonio de la fe verdadera debe tantos siglos de ortodoxia pura; presérvala de toda claudicación para que nunca deje de merecer el noble título que la honra.

Fuente: Año Liturgico de Dom Próspero Guéranguer


ESPAÑA ABRAZA EL CATOLICISMO

España va a seguir muy de cerca los pasos de Francia en su conversión, aunque con unos cien años de diferencia. Con Recaredo pasó en España lo mismo que con Clodoveo en Francia: convertido el rey, toda la nación se hizo católica.

España fue siempre una Provincia muy romana que dio al Imperio emperadores de la talla de Trajano, Adriano y Teodosio el Grande, y, como Iglesia, arraigó en ella con fuerza el cristianismo. Así lo demuestran Mártires como los diáconos Lorenzo y Vicente, Papas como San Dámaso, Padres como Osio y escritores como Prudencio, el mayor poeta cristiano. Además, a principios del siglo IV ─probablemente el año 300 o alguno más tarde─, se celebró en Ilíberis o Elvira, cerca de la actual Granada, un famoso Concilio, de gran importancia y con repercusiones en toda la Iglesia.

Más que a la Historia de la Iglesia, la invasión de los bárbaros en la Península corresponde a la historia nacional y civil de España. Invadida por los suevos, alanos y vándalos, éstos últimos se pasaron a Africa después de realizar las destrucciones tan propias de ellos y de perseguir ferozmente la fe cristiana. Dejaron el sur de España, región que hoy lleva el nombre de Andalucía, y, empujados por los visigodos, se pasaron al África a la que devastaron del todo. Los alanos y suevos fueron absorbidos por los visigodos, todos arrianos. España fue oficialmente arriana, aunque una gran parte conservó fielmente su fe católica.

Tránsito de san Hermenegildo (1603) Oleo sobre lienzo de grandes dimensiones  Alonso Vázquez (h.1575-1645) y  Juan de Uceda (h.1570-1635) Museo de Bellas Artes de Sevilla

Todo esto sucedía a principios delsiglo V, pues Ataúlfo, casado con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, invadía el sur de Francia el año 410, y él y sus sucesores llegaron hasta Barcelona para adueñarse poco después de toda la Península.

Los visigodos fueron tolerantes y condescendientes con la fe católica, de modo que España pudo rehacerse de las barbaridades cometidas antes sobre todo por los vándalos, y seguía la paz religiosa, aunque oficialmente la nación fuera hereje arriana.

Hasta que en el 572 llegó el rey Leovigildo. Gran gobernante, se empeñó en dominar toda la Península. Magnífico guerrero, consiguió vencer del todo a los suevos, instalados en las partes occidentales, el actual Portugal. Con la misma idea de unidad nacional, quiso someter la Iglesia a la fe arriana, y vino la persecución, astutamente calculada. No causaba mártires con la espada, pero no dejaba en paz ni a obispos ni sacerdotes. Entre los desterrados, figuró Masona, el santo, sabio y querido de todos obispo de Mérida.

El arrianismo se jugaba la última carta y parecía que tenía la victoria en las manos. Pero el rey Leovigildo se equivocaba de punta a punta. En su propio palacio empezó la ruina del rey. A su hijo Hermenegildo y su esposa la franca Ingunda, ferviente católica, se les hizo la vida imposible a causa del fanatismo arriano de la segunda mujer de Leovigildo, el cual mandó a Hermenegildo a Sevilla encargándole el dominio de la Bética, el sur de España.
Hermenegildo gobernaba la Bética, correspondiente a la actual Andalucía. Cargo meramente militar y civil. Mandaban los vándalos. Pero el pueblo nativo era cristiano católico desde antiguo y la lucha religiosa tenía que venir un día u otro. Además, bajo la dirección del obispo de Sevilla San Leandro, Hermenegildo se convirtió en ferviente católico.

Hermenegildo, naturalmente, estaba con el pueblo que se le había encomendado, y la esposa Ingunda debió sostenerlo con decisión. Es cierto que Hermenegildo se alió con los bizantinos del sureste de España y se alzó contra su padre. ¿Reprobable? Quizá, sí. Aunque la intención fuera muy recta. Pero las gentes se apiñaron en torno a Hermenegildo y vino el enfrentamiento de las tropas de uno contra el otro. Ganó el padre, y el hijo, arrodillado a sus pies, recibió la promesa de que sería tratado con la típica generosidad del militar vencedor. Pero Leovigildo no lo cumplió. Porque al saber Leovigildo que su hijo había abrazado el catolicismo, se enfureció de manera terrible.
Intensificó el rey la persecución contra la Iglesia, empezando por desterrar a San Leandro. Y Hermenegildo, encadenado, fue enviado desde Sevilla hasta la cárcel tétrica de Tarragona.

¿Qué ocurrió con el ilustre preso? La historia es bien sabida, aunque algunos detalles quedan en la duda. Se trató con estratagemas y mentiras de convencer a Hermenegildo para que volviese al arrianismo. Firme en la fe católica que había abrazado, se negó el día de Pascua a recibir la Comunión de manos de un obispo arriano. Su carcelero ─que, como resulta evidente, no podía actuar sino por orden del rey Leovigildo─ lo hizo asesinar. Su muerte, sin embargo, fue la de un mártir, y la Iglesia lo venera como Santo, canonizado por el Papa Sixto V en 1585, milenario de su muerte.

Es cierto que siempre se ha discutido la conducta de Hermenegildo con su padre. ¿Por qué se le enfrentó en plan de guerra? Parece que fue por decisión del mismo pueblo. Era imposible aguantar tanta persecución por causa de la religión. Y el hijo, siguiendo su conciencia y por exigencia del pueblo, se hubo de oponer al padre.

Y, lo de siempre. La sangre del Mártir resultó fecunda. Leovigildo se dio cuenta de que luchaba inútilmente contra la Iglesia invencible. En el año 586 se vio ante la muerte y dicen, dicen…, que llamó a su hijo Recaredo, hermano de Hermenegildo:

– Hijo mío, al heredar el trono, mira de que la fe católica sea la única religión de España.

Y lo fue. Faltaban solamente tres años para el famoso Concilio de Toledo.

Los obispos comenzaron a gritar entusiasmados: “¡Gloria a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo!”…

Este Concilio de Toledo en el 589 ─noventa años justos después del bautismo de Clodoveo en Francia─ es de una importancia suma. Fue presidido por el Arzobispo de Sevilla San Leandro, el mayor de sus hermanos Fulgencio, Isidoro y Florentina, los cuatro Santos canonizados. Para España, este Concilio vino a significar lo que la conversión de Clodoveo en Francia. Recaredo ya se había convertido al catolicismo por mediación de Leandro.

Antes del Concilio toledano, Recaredo, nada más asumido el trono, convocó a todos los obispos arrianos en una asamblea, y les pidió: ¿Por qué no renuncian todos al arrianismo y abrazan la fe católica, unificando en la misma fe a todo el país?…

El caso es que casi todos los obispos le hicieron caso y se pasaron al catolicismo.

Vino después el Concilio III de Toledo. Allí estaban todos los obispos españoles, los vueltos del destierro, entre los que destacaba Masona, el venerable confesor de la fe; todos los católicos de siempre y los nuevos convertidos en la asamblea de Recaredo.

El rey, la reina y todos los grandes de la nación, lucían sus mejores galas. Se recitó el Credo de Nicea y el monarca suscribió la fórmula de fe católica:

“Yo, Recaredo, rey, reteniendo en mi corazón esta santa y verdadera confesión, que es la sola que confiesa la Iglesia Católica por todo el orbe, la confirmo de palabra y la suscribo con mi mano derecha, bajo la protección de Dios”.
Con este simple principio, el arrianismo quedaba sepultado para siempre: Jesús, y el Espíritu Santo, eran tan Dios como el Padre… Siguieron aclamando los obispos:

“¡Gloria a nuestro Señor Jesucristo, que a costa de su sangre formó la Iglesia católica en todas las naciones!”

“¡Gloria aquí en la tierra y la gloria eterna al rey Recaredo, que ha hecho oficio de apóstol y ha conquistado para la Iglesia Católica nuevos pueblos! Sea amado de Dios y de los hombres el que tan admirablemente ha glorificado a Dios en la tierra”.

San Leandro pronunció después un discurso elocuente por demás, que se conserva como todo lo anterior al pie de la letra, y que acaba:

“Sólo falta que quienes componemos en la tierra unánimemente un solo reino, consigamos por su estabilidad la felicidad del reino celestial, a fin de que el reino y el pueblo que glorificaron a Dios en la tierra sean glorificados por El, no sólo aquí, sino en el Cielo”.

Grandioso, sencillamente. En ese momento nacía quien iba a ser por antonomasia la “España Católica” en los siglos por venir. En el pueblo, y especialmente en sus reyes, estaba el germen de la fe que la nueva nación llevaría a muchos rincones del mundo, especialmente a nuestra América, novecientos años más tarde.

Fuente: HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA (Generalidades. Guiones para las clases. Pro manuscripto) Pedro García Cmf

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