SANTA LUCÍA, VIRGEN Y MARTIR

El nombre de Lucía se halla junto a los de Agueda, Inés y Cecilia en el Canon de la Misa. En estos días de Adviento su nombre nos anuncia la Luz que se acerca, y proporciona un maravilloso consuelo a la Iglesia. Lucía es también una de las tres grandes glorias de la Sicilia cristiana; triunfa en Siracusa, así como Agueda brilla en Catania y Rosalía embalsama a Palermo con sus aromas. Festejémosla, pues, con amor, para que nos ayude en este santo tiempo, y nos introduzca junto a Aquel cuyo amor la dió la victoria sobre el mundo. Pensemos también, que el Señor quiso rodear la cuna de su Hijo de Vírgenes escogidas, no contentándose con la aparición de Apóstoles, Mártires y Pontífices, para que, en medio de las alegrías de esa venida, no olvidasen los hijos de la Iglesia llevar al pesebre del Mesías y al lado de la fe que le honra como a soberano Señor, la pureza del corazón y de los sentidos, que nada puede reemplazar en aquellos que quieren acercarse a Dios.

Vida

Aunque nada dice de su martirio el Martirologio jeronimiano, los Sacramentarios gregoriano y gelasiano señalan su fiesta, y su nombre es pronunciado en el canon romano y ambrosiano. Son innumerables los monumentos que hablan de la veneración que los fieles la tributaron. San Gregorio, en 597, menciona un Monasterio de santa Lucía, en Siracusa. En todo el mundo consagráronse numerosos templos en su honor. Según opinión de muchos, sus Actas son de carácter legendario. Aparece su nombre en las Letanías de los Santos y en las de los agonizantes. Se la invoca como abogada contra la ceguera y mal de ojos.

A ti nos dirigimos, Virgen Lucía, para obtener la gracia de ver en su humildad al que tú contemplas ya en la gloria; dígnate recibirnos bajo tu poderoso amparo. Tu nombre significa Luz: sé nuestro faro en la noche que nos rodea.
 
¡Oh lámpara siempre brillante con los destellos de la virginidad! ilumina nuestros ojos; cura las heridas que en ellos ha hecho la concupiscencia, para que, por encima de las criaturas, se eleven hasta la Luz verdadera que luce en las tinieblas, y que las tinieblas no comprenden. Haz que, purificados nuestros ojos, vean y reconozcan en el Niño que va a nacer, al Hombre nuevo, al segundo Adán, modelo de nuestra nueva vida.
 
Acuérdate también, Virgen Lucía, de la Santa Iglesia Romana, y de todas las que guardan su mismo rito en el Sacrificio, y diariamente pronuncian tu dulce nombre en el altar, en presencia de tu Esposo, el Cordero, a quien sin duda le agrada oírlo. Derrama especiales bendiciones sobre la isla que te dió la luz terrena y la palma de la eternidad. Mantén en ella la integridad de la fe, la pureza de las costumbres, la prosperidad material, y cura todos los males que conoces.
 Fuente: Año Litúrgico de Dom Próspero Guéranguer

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