Lepanto: “la mayor victoria sobre los infieles de que los hombres tengan memoria”

El Papa del contraataque salvador

“La mayor victoria sobre los infieles de que los hombres tengan memoria”

(palabras del Papa San Pío V)

La escuadra turca había salido de Constantinopla con el objetivo de completar el despojo  de Chipre a la Serenísima República de Venecia; y de destruir las naves cristianas reunidas en Santa Liga a instancias de San Pío V, incansable Padre y defensor de la Cristiandad amenazada.

Antes de salir, el Gran Almirante turco Alí Pashá mostró el verdadero espíritu de ese brazo armado del mal y sus misterios de iniquidad crucificando y desollando vivos a prisioneros cristianos“como sacrificio a Mahoma para merecer la victoria” -escribe W. T. Walsh, en su notable relato de la jornada de Lepanto (p. 565).

Su seraskier Mustafá se le unió, luego de la toma de Famagusta, ejecutada con clamorosos extremos de crueldad y falsedad;  la piel del heroico Bragadino* se balanceaba en la antena de su navío… (* ver “El Papa del Contraataque salvador”, IV).

No se trataba del entrechoque de pueblos antagónicos de Oriente y Occidente, sino de una pelea decisiva entre el predominio del Catolicismo o del Islam.

“Mahometanos y cristianos eran irreconciliables: los primeros aspiraban a la hegemonía en el Mediterráneo, y los segundos defendían la civilización cristiana, que comprendía casi todos los pueblos lindantes con el mismo”. “… el Papa Pío V invitó a los reyes y príncipes cristianos para aunar fuerzas teniendo como objetivo primordial defender la civilización verdadera” 

(J. B. y C., Canónigo de la Catedral de Barcelona).

El Pontífice era:

“firme partidario de frenar un hipotético imperio religioso musulmán en el Mediterráneo”

(Cumplido Muñoz).

“Formóse la Santa Alianza, constituida por el Papado, España, Dux de Venecia, Estados de Génova, Florencia, Saboya y la Orden de Caballeros de Malta…”, agrega el Canónigo barcelonés.

La definición de la contienda afectaría a fondo el mundo de la Edad Moderna. No obstante,  el Renacimiento trataría de relativizar su carácter de cruzada con manifestaciones artísticas y literarias inspiradas en la mitología pagana (Pastor).

Faltando poco para la pelea, subsistían dudas -en ambos bandos- sobre la conveniencia de arriesgar el todo por el todo en una gran batalla. Surgían contrapropuestas minimalistas que no gozaban de la simpatía de don Juan de Austria, ni del Gran Almirante de los turcos. El ideal de cruzada enarbolado por el Papa excluía las medias tintas, y fue determinante.

Mesina,  punto de reunión de las tres flotas, vivió horas históricas cuando Mons. Odescalchi, enviado del Vicario de Cristo,  bendijo la escuadra que partía a la gesta por la Fe, repartiendo entre las naves capitanas astillas de la Santa Cruz traídas en un relicario.

El Sumo Pontífice, desde Roma, prometía a don Juan que, si daba la batalla, Dios le daría la victoria. Y concedió indulgencias especiales a los defensores de la Cristiandad.

Su influencia contrarreformadora marcaba el ambiente: se prohibió la presencia de mujeres a bordo y se castigaron las blasfemias con la pena máxima (tradición que mantuvieron algunos generales de la Emancipación americana).

Era una gesta católica, muy diferente de las guerras actuales. El Generalísimo ayunó tres días, con sus hombres y oficiales. Ni uno solo de los 81.000 marineros y soldados dejó de confesarse y recibir la Santa Comunión

(Walsh).

Imponente veíase  la figura legado Odescalchi, de rojo, de pies a cabeza, conforme la tradición de la Iglesia,  símbolo –hoy muchos lo olvidan- de la disposición de dar la vida por Jesucristo.

Impartía solemnemente la bendición a cada barco según tomaban rumbo los cruzados, de rodillas en los puentes, con coloridos uniformes y relucientes armaduras.

En la alta proa de la Real se encontraba, con gallardía de Habsburgo y coraje de cruzado, el príncipe don Juan, hijo del Emperador Carlos, a quien el Pontífice deseaba incorporar al número de soberanos católicos si se conquistara para la Cristiandad algún reino, en la zonas invadidas por el Islam.  Con su armadura repujada en oro, se erguía bajo la bandera de Aquella que había aplastado la cabeza de la serpiente (significado de “Guadalupe”, en lengua nahua).  Al estandarte de Nuestra Señora de Guadalupe se añadiría el de la Liga en la hora del combate (ver ilustración).

Especial admiración causaron las seis galeazas de Venecia, dotadas de 44 bocas de fuego, fortalezas que “parecían palacios” en las aguas azules del Tirreno (Pastor).

Al llegar a Corfú, vieron con horror la huella de los turcos: ruinas carbonizadas de iglesias y casas, crucifijos profanados, cuerpos destrozados de sacerdotes, mujeres y niños, devorados por perros y buitres.  

El 5 de octubre se enteraron de las atrocidades cometidas contra Bragadino y los defensores de Famagusta (ver nota IV de esta serie). El furor encendió aún más sus deseos de destruir la amenaza turca. Enterados de que éstos querían volverse a Constantinopla antes de las tormentas de otoño, se apuraron en su persecución y les cerraron la salida en el Golfo de Lepanto.

Amaneció el 7. El vigía del Almirante  Doria divisó a lo lejos un escuadrón enemigo. Don Juan gritó exultante: “Aquí venceremos o moriremos”.

La Armada avanzaba según el plan que trazaran don García de Toledo y el Duque de Alba, Grandes de España.  Era la suma de esfuerzos de figuras exponenciales de la Cristiandad. Así lo dispuso el Generalísimo don Juan, con el apoyo de J. Andrea Doria, Requesens y Santa Cruz, los tres consejeros que le recomendara  tener en cuenta Felipe II. 

 Navegaba agrupada en cuatro alas,  formando un arco de legua y media para enfrentar al enemigo. A la izquierda, del lado de la costa, iba el veneciano Barbarigo, con 64 galeras, tratando de evitar que los otomanos lo envolvieran. Don Juan mandaba el centro, “la batalla”, con 63 galeras, teniendo a ambos lados a los almirantes Colonna y Veniero, en sus naves, y a Requesens por detrás. El escuadrón de Doria, de 60 galeras, formaba el ala derecha, en alta mar. En la retaguardia venía la escuadra de auxilio, a las órdenes del Marqués de Santa Cruz, que realizaría hazañas portentosas.

La gran fortaleza flotante de la Liga se desplegaba magnificamente.

Los turcos, de acuerdo a las cifras de Walsh, tenían alguna superioridad bélica en galeras: 286 contra 208 de los cristianos. Enardecidos a la vista de quienes osaban disputarles el Mediterráneo para la Cruz, preparaban los puentes para entrar en acción.

Mohamed Scirocco se oponía a Barbarigo, con 55 galeras; el Gran Almirante Alí y Pertew Pashá, con 96, hacían frente a don Juan; el corsario Uluch Alí, que operaba en Argelia -el fraile apóstata calabrés Occhiali- , con 73 naves, enfrentaba a Doria.

En retaguardia venía el escuadrón de reserva.

El viento del Este hinchaba las velas de los infieles dándoles empuje contra los cristianos, que tenían que remar.

La preponderancia turca en naves pesadas llevó a algunos generales a pedir un consejo de guerra. Contestó don Juan: 

“Señores, no es hora de debates sino de combates” 

(Cumplido Muñoz).

Para despejar el campo para la artillería hizo cortar de las proas de las naves los espolones, aguijones de varios metros que se clavaban en los barcos enemigos produciendo tremendas roturas. ¿Daría resultado eliminar los devastadores arietes?

Todos estaban expectantes. El almirante, con su armadura dorada, recorría la flota en un bajel ligero, arengando a las tropas, prometiéndoles la victoria de la Cruz y el Cielo a los que cayeran en combate, y exhortando a manejarcon brío y cólera las espadas”.

Por disposición suya, en el mástil delantero, “se colocó un santo Cristo que, por orden del Rey don Felipe II, se transportó desde Madrid, pues lo consideraba milagroso por un hecho extraordinario ocurrido en una iglesia que se incendió”. Se trataba del Santo Cristo de Lepanto, que prodigiosamente se hizo a un lado para esquivar una bala, quedando para siempre en esa posición Venerado luego con cultos especiales, recibió honras de Capitán General del Ejército Español (J. B. y C., Canónigo de la Catedral de Barcelona).  

 “Dada la señal de embestir por el Generalísimo –dice el mismo autor-, éste levantó el estandarte que había recibido del Sumo Pontífice, con la imagen de Jesucristo que tenía en el estanterol de su Capitana Real. A su vista, los oficiales dirigen breve y enérgica exhortación a los soldados, e hincados todos de rodillas delante del Crucifijo, oran, hasta que, aproximadas las flotas, se da una segunda señal y empieza el combate”.

El grito de los guerreros se generalizó cuando el estandarte del Papa con la imagen de Cristo Crucificado se alzó en la Real iluminado por el sol, junto a la bandera azul de la Virgen de Guadalupe.

 Alí Pashá abrió la batalla desafiando a don Juan con un cañonazo, que  éste  contestó con otro. Las seis galeazas abrieron el fuego de 264 cañones rompiendo la línea enemiga.

“Al principio todo les era favorable a los turcos: viento, mayor número de soldados y la línea de naves más extendida; pero, de repente, muda de dirección el viento y, debido a su impetuosidad y fuerza, lleva el fuego y humo de la artillería contra los infieles, cegándoles totalmente la vista”

(J. B. y C., Canónigo).

El inesperado cambio del viento fue tomado como un favor de la Ssma. Virgen, a quien estaba encomendada la Armada. Las galeras cristianas se vieron de pronto impulsadas hacia el enemigo.

Cinco naves rodearon la galera de Barbarigo lanzando una nube de flechas envenenadas. Los barcos se abordaron y comenzó la lucha cuerpo a cuerpo. El general se descubrió para dar una orden en el fragor de la pelea. Una flecha enemiga fue a clavársele en un ojo. Murió como un valiente, valiéndole sin duda las palabras de católica esperanza de don Juan de Austria…

Doria combatía a mar abierto en el lugar más peligroso, “donde sólo contaban la estrategia y la ciencia marinera”.  Rival digno de él, peleaba con el  apóstata Uluch Alí, cuyas pesadas galeras hacían estragos en la escuadra del genovés que, aunque abrumado, luchaba magníficamente. En una hora había perdido casi todos los soldados de diez de sus naves, cuyos sobrevivientes peleaban denodadamente a la espera de socorro.

Las galeras del centro cristiano habían trabado una contienda mortal con las de su adversario. Al ver Alí Pasha las santas banderas flotando en la Real, se lanzó hacia ella. Ambos cascos chocaron por la proa. La  del turco, más alta y pesada, era tripulada por 500 jenízaros escogidos. El corte de espolones mostró su eficacia permitiendo a don Juan sembrar la muerte en las filas de esa tropa de élite.

Tres horas “aciagas y horribles” se peleó cuerpo a cuerpo. Siete galeras turcas apoyaban La Sultana; los jenízaros caídos sobre el puente eran reemplazados por los de las embarcaciones de reserva. La horda mahometana, con terribles alaridos, entró dos veces en la Real pero fue rechazada.

Don Juan tenía muchas pérdidas y sólo dos naves de reserva. Luchando valerosamente, fue herido en un pie. En esta crítica situación, Santa Cruz vino en su ayuda después de salvar a los venecianos, mandándole 200 hombres de refresco.

Enardecidos, los españoles se lanzaron tan furiosamente sobre Alí y sus jenízaros, que los rechazaron hasta su propia nave. Tres veces la cargaron y fueron rechazados por los otomanos, empapados de sangre en medio de los cadáveres.

Ambas escuadras estaban unidas en un abrazo de muerte. Las aguas, teñidas de rojo. El estruendo de los mosquetes, los gritos, el choque de los aceros, el tronar de la artillería, la caída de los mástiles quebrados resonaron toda la tarde. Veniero, con sus 70 años, peleaba espada en mano a la cabeza de sus hombres. El joven Príncipe de Parma entró solo en una galera turca y pudo vivir para contarlo.

El momento era crítico y el final incierto cuando Alí Pasha, el Magnífico, defendiendo su nave del último empuje cristiano cayó derribado por la bala de un arcabuz español. Su cuerpo fue arrastrado hasta los pies de don Juan.

“Alí Pachá recibió un disparo en la frente y un galeote de los liberados para combatir le cortó la cabeza y se la presentó a Don Juan ensartada en una pica. La noticia de la conquista de La Sultanay la muerte de Alí Pachá pasó de una nave a otra y los turcos comenzaron a dar por perdida la batalla”

(Cumplido Muñoz).

“Gritos frenéticos de victoria salieron de los cristianos de la Real, a la vez que arrojaban al mar a los descorazonados turcos e izaban el estandarte de Cristo Crucificado en el palo mayor de la Sultana.

“No había ni un solo agujero en la santa bandera, aunque todo a su alrededor estaba acribillado y el tronco del mástil que lo sustentaba erizado de flechas…”  

(Walsh).

En cierto momento,  “Don Álvaro de Bazán y su capitana La Lobadestruyó a cañonazos una galera turca y embistió a otra en la que él mismo dirigió el abordaje recibiendo dos balazos que no traspasaron su armadura” (Cumplido Muñoz).

El ala derecha del Príncipe de Melfi seguía combatiendo furiosamente con los argelinos. Doria estaba cubierto de sangre, pero ileso. El renegado Uluch Alí inició una veloz retirada enfrentándose con una galera de los Caballeros de Malta, a quienes odiaba especialmente. Mató (o dio por muertos) a todos los caballeros y tripulación, llevándose el barco, pero Santa Cruz lo obligó con sus ataques a abandonar la presa, huyendo con 40 de sus mejores naves aunque perdiendo muchos hombres. Doria lo persiguió hasta que la noche y la tormenta lo forzaron a desistir, con pesar de sus guerreros.

En el fragor de la lucha no se desmentía la nobleza de sangre y espíritu de tantos hombres que tenían en su Generalísimo un auténtico modelo. En una galera “…encontraron a los hijos de Alí Pachá, Mohamed Bey de diecisiete años y Sain Bey de trece. Llevados ante Don Juan, se echaron llorando a sus pies y aquél les consoló por la muerte de su padre, mandó que fueran alojados y que les llevaran ropa y comida…” (Cumplido Muñoz).

Los cristianos se dirigieron a un puerto cercano para evaluar sus pérdidas, más bien pequeñas, y su botín, que era riquísimo. Habían perdido 8.000 hombres –más de la mitad venecianos. Los turcos habían perdido más de 220 navíos, 130 capturados y 90 hundidos, y más de 25.000 bajas, a los que cabe sumar 10.000 cristianos cautivos liberados.

Don Juan despachó naves a España y a Roma, para informar al Rey Católico y al Papa.

A su hermano, le decía: 

«Vuestra Majestad debe mandar se den por todas partes infinitas gracias a nuestro Señor por la victoria tan grande y señalada que ha sido servido conceder en su armada”

(Cumplido Muñoz).

“Pero Pío V -dice Walsh- tenía medios más rápidos de comunicación que las galeras”. En la tarde del domingo oía a su tesorero Cesis la relación de sus dificultades financieras. “De repente se separó de su interlocutor, abrió una ventana y quedó suspenso, contemplando el cielo. Volvióse después a su tesorero y, con aspecto radiante, le dijo: ‘Id con Dios. No es ésta hora de negocios sino de dar gracias a Jesucristo, pues nuestra escuadra acaba de vencer’.

“Y apresuradamente se dirigió a su capilla, a postrarse en acción de gracias. Cuando salió, todo el mundo pudo notar su paso juvenil y su aire alegre”

(Cabrera, citado por W. Th. Walsh).

El hecho fue muy comentado. El Cardenal Hergenröther consigna que “el triunfo fue visto con anticipación por San Pío V” (t. III, pp. 263-4).

Las primeras noticias por medios humanos llegaron de Venecia a Roma dos semanas después, confirmando estas visiones sobrenaturales, señales inequívocas de los designios de Dios.

El Papa convocó a una procesión a San Pedro, cantando el Te Deum.

“El Santo Padre conmemoró la victoria designando el 7 de octubre como fiesta del Santo Rosario, y añadiendo ‘Auxilio de los Cristianos’ a los títulos de Nuestra Señora, en la letanía de Loreto”

(Walsh)

Más precisamente, San Pío V añadió la letanía y mandó celebrar en todas partes la festividad con el nombre de “Nuestra Señora de la Victoria”. Dado el fervor con que, a su ejemplo, se rezó el Rosario en la ocasión en toda la Cristiandad, y a haber ocurrido el triunfo en Domingo consagrado a esta oración –la más importante después de la Santa Misa, de acuerdo a San Luis María G. de Montfort-, su sucesor Gregorio XIII lo estableció como fiesta de Nuestra Señora del Rosario –también llamada “de Ntra. Sra. del Rosario de la Victoria”.

Felipe II recibió la noticia con la majestuosa serenidad que lo caracterizaba en el Palacio-Fortaleza y Monasterio de El Escorial. Le llegó mientras asistía al rezo de Vísperas cantadas por los Jerónimos. Participó del Oficio hasta el final y luego hizo el anuncio. La alegría fue inmensa. Los monjes hicieron procesión y el Rey recibió la felicitación de los nobles y embajadores, disponiendo que se celebrara una misa por las almas de los fieles caídos en Lepanto.

Al día siguiente fue a Madrid a la procesión de Todos los Santos, junto a la corte, embajadores, prelados y sacerdotes, vestidos con abundancia de seda y oro de acuerdo a ocasión y condición.

En Santa María, el Cardenal Alexandrino, llegado con San Francisco de Borja, rezó con magnificencia la solemne misa cantada. Sus palabras y los versículos del salmo XX tocaron a fondo a todos, y no menos a S.M.C.:

“En tu fuerza, oh Señor, se alegrará el Rey…
Le has concedido la salvación y una gloria grande;
de gloria has cubierto su cabeza y le has dado admirable hermosura…
Que tu mano caiga sobre tus enemigos; que tu mano derecha caiga sobre cuantos te odian.
“Tú los abrasarás como horno ardiente y les mostrarás tu rostro encolerizado;
la ira del Señor les turbará y el fuego les devorará.
Exterminarás sus hijos sobre la tierra,  la simiente de su raza entre los hombres.
Pues han querido que todos los males cayeran sobre ti y han tramado venganzas que no han podido ejecutar.”

*     *     *

Sobre Lepanto, dice el Canónigo de Barcelona:

“La victoria alcanzada por los cristianos fue rotunda, aplastante”.

Si grande fue “la presa y la ventaja material de la jornada”, mayor fue “la moral, el haber dado un terrible golpe al poder marítimo y prestigio de los turcos, que desde esa fecha empezaron a decaer de su preponderancia en el Mediterráneo”.

Los vencidos…

 “demostraron que aquella osadía y aquella intrepidez de que hicieron alarde durante tanto tiempo se había sepultado para siempre en las profundidades del golfo” 

(Angel de Altolaguirre y Duvale).

La mano de Dios, presente en tantos episodios, se hizo notar en la elección de don Juan de Austria, de sólo 24 años:

Fuit homo missus a Deo cui nomen est Joannes; “Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre es Juan” (Evangelio de San Juan, cap. I). Son las palabras que, al designarlo Generalísimo de la Santa Liga, y ahora, en la exaltación de su alegría, salieron de los labios de Pío V; “aquel joven que había logrado lo que ninguno consiguiera, que había superado en arrojo a los más atrevidos marinos de su época, parecía como por Dios enviado para salvar a la Cristiandad del terrible azote que le amenazaba”. La voz de la gracia y la convocatoria del Pontífice santo lo hicieron considerarse con razón “el llamado a salvar la Cristiandad” (Altolaguirre y Duvale).

La gesta de Lepanto enseña que, “cuando los hombres resuelven cooperar con la gracia de Dios, se producen las maravillas de la historia”, como dice Plinio Corrêa de Oliveira en “Revolución y Contra-Revolución” (parte II, cap. IX in fine).

El primer lugar en la gesta de Lepanto, entre esos hombres, lo ocupó San Pío V, un Pontífice lleno de celo por la Casa de Dios y penetrado de entusiasmo de cruzado. Decía que si los católicos no lucharan con la firmeza debida, él mismo saldría a pelear para ejemplo de los jóvenes.

Su satisfacción era enorme por haberse logrado “la mayor victoria sobre los infieles de que los hombres tuviesen memoria”,como escribía a los reyes de la Cristiandad (Pastor). Animaba a los Cardenales, a don Juan de Austria, y a las potencias de la Liga a continuar la cruzada, estimando en 10 años el tiempo necesario para destruir por completo el poderío turco y aún recuperar el Santo Sepulcro

Su muerte, al año siguiente, no permitió el pleno cumplimiento de sus proyectos pero dejó plantado bien alto el estandarte pontificio de la cruzada por la civilización cristiana, proclamado por primera vez por el Beato Papa Urbano II al grito de “¡Dios lo quiere!”.

Podemos imaginar su colosal figura amparando la nave de San Pedro y todos los restos vivos de Cristiandad, rumbo a su plena restauración, ante peligros como los que él enfrentó con tanta sabiduría, fortaleza, dedicación, diplomacia, astucia evangélica, mortificación, rezo del Rosario, coraje e inconmovible confianza.

Para los hombres de todos los tiempos, especialmente válida en días conturbados como los que pasan la Santa Iglesia y esos restos vivos de Cristiandad en estos tiempos, aparece la lección que el Senado de Venecia dejó grabada en sus paredes a propósito de Lepanto:

“No fueron las armas, no fueron las fuerzas militares, no fueron los generales, sino la Virgen María quien nos hizo victoriosos”.

A mayores peligros, más espectacular será su victoria. Ella la anunció en Fátima:

“por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Fuentes consultadas:

Plinio Corrêa de Oliveira, “Revolución y Contra-Revolución”, ed. online, Una obra clave: Revolución y Contra-Revolución–  http://rcr-una-obra-clave.blogspot.com/

Del mismo autor: “Nobleza y élites tradicionales análogas – en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana”, Ed. Fernando III, el Santo – Madrid, 1993

Ludwig von Pastor „Geschichte der Päpste – Im  Zeitalter der katholischen Reformation und Restauration – Pius V (1566-1572)”, Freiburg im Breisgau 1920, Herder & Co.,p. 539 y ss.)

William Thomas Walsh, “Felipe II”, Espasa-Calpe, Madrid, 1943 “Novena al Santo Cristo de Lepanto – Historia de la Batalla de Lepanto” – Canónigo J. B. y C. – Santa Iglesia Catedral, Barcelona, 16ª edición

Joseph Cardinal Hergenröther, „Handbuch der allgemeinen Kirchengeschichte“, 3ª ed., Herder, Freiburg in Breisgau, 1886, t. III, pp. 263-4

Angel de Altolaguirre y Duvale – “Don Alvaro de Bazán”, Ed. Nacional, 1971

José Ramón Cumplido Muñoz,  “La Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571):La gran victoria naval en el Mediterráneo” – www.revistanaval.com/armada/batallas/lepanto.htm‎

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