Sonrisa, Agonía y Muerte del Hijo de Dios

Una vez – corría el año 1630 – Frei Inocencio de Palermo, humilde fraile franciscano, resolvió esculpir en ébano un Crucifijo. Comenzó por el cuerpo, la que logró dar la forma deseada. Y dejó para el fin la cara, es decir, la parte más difícil de la tarea. ¿Qué aspecto darte? Era funda y brumosa la perplejidad del fraile. Una noche, se recostó con el alma pesada de incógnitas al respecto. Y cuando por la mañana se acercó a la obra que había dejado inacabada, la encontró inesperadamente concluida, dotada de maravillosa cara, hecha por un artista ignoto.

Era una cara en que armoniosamente se fundían la delicadeza, la varonilidad, y una sobrenatural unción, que la hacía digna de haber sido obra nocturna y misteriosa de un Ángel. En cuanto a los aspectos, según el ángulo en que se sitúa el observador se ve sonriendo, agonizante o ya muerto el Divino Crucificado.

* * *

Conservado hace tres siglos en el Santuario de San Damián, en Asís, el Crucifijo maravilloso de Fray Inocencio viene siendo objeto constante de la piedad de los peregrinos.

Ayudémonos de él para nuestra meditación de Semana Santa. 

¿Qué te llevaría, Señor, a sonreír desde lo alto de la cruz? ¿Qué abismo de contradicción entre los dolores que de la cabeza a los pies os atormentan el Cuerpo sagrado, y esa sonrisa que aflora dulce, suave, tierno, entreabriendo vuestros labios y iluminándole el rostro? Sobre todo, Señor, ¡qué contradicción entre el abismo de dolores morales que llena vuestro Corazón, y esa alegría tan delicada y tan auténtica que traslada en tu rostro! Contra Vos, todo el océano de la ignominia y de la miseria humana se disparó. No hubo ingratitud ni calumnia que te fuera ahorrada. Pregastes el Reino del Cielo, y vuestra predicación fue rechazada por el vil apetito de las cosas de la tierra. El demonio, el mundo, la carne, en infame revuelta contra ti, te llevaron al patíbulo, y ahí estás a la espera de la muerte.

¡Y sin embargo sonrisas! ¿Por qué?

Vuestros párpados están casi cerrados. Casi … Pero todavía podéis ver algo. Y lo que veis es, Señor, la mayor maravilla de la creación, la obra maestra del Padre Celestial, un alma – y cuánta belleza puede haber en un alma, aunque lo ignore el materialismo de nuestro siglo – riquísima e íntegra en su naturaleza, llena de todos los dones de la gracia, y santificada por una correspondencia continua y perfecta a todos estos dones. Vives María. Vos a vuestra Madre. Y en medio de todos los horrores en que estás inmerso, tal es la maravilla que ves, que sonríen afectuosamente, para alentarla, para comunicarle algo de vuestra alegría, para decirle vuestro infinito y sublime amor.

Vosotros veis a María. Y al lado de la Virgen Fiel, veis los héroes de la fidelidad: el Apóstol-Virgen, las Santas Mujeres, la fidelidad de la inocencia, y la fidelidad de la penitencia. Vuestra mirada, para lo cual todo es presente, ve más, pues se alarga por los siglos, y os hace ver todas las almas fieles que te adorarán al pie de la Cruz hasta el día del Juicio. Ved la Santa Iglesia Católica, vuestra Esposa. Y por todo esto, sonrisas con la sonrisa más triste y más gozosa, la más dulce y más compasiva sonrisa de toda la historia.

El Evangelio nunca te ríe, Señor. Y sólo las almas que ignoran la carcajada frasca y baja, y que le tienen horror, poseen el secreto de sonrisas análogos a éste.

Entre las miríadas de almas que siguiendo a María están al pie de la Cruz, y para las cuales sonrisas, también está la mía, Señor?

Humilde, genuflexo, sabiéndome indigno, sin embargo yo te pido que sí. Vosotros que no habéis expulsado del Templo al publicano (cfr. Lc 18, 6-20), por las oraciones de María no rechazaréis lejos de vosotros un pecador contrito y acortado. Dame de lo alto de la Cruz un poco de tu sonrisa inefable, oh buen Jesús.

«Por las lágrimas de María, Por la última agonía, Tendría de mí compasión»

Estos versos tan simples de un cántico religioso sin pretensiones, se grabaron profundamente en mí. Y ellos me vienen a la mente al contemplar vuestra cara puesta en agonía.

La última agonía … Que fuerza en esta expresión. Cada etapa de la agonía es como un fin, del que brota no el fin, sino otra agonía aún peor. Y así, de dolor en dolor, de refinamiento en refinamiento, se llega a la agonía extrema, en que la muerte va rompiendo los vínculos últimos y más profundos que unen el alma al cuerpo.

La última agonía de un cuerpo pavorosamente atormentado … agonía de un alma en que la perfidia humana ha causado todas las tristezas que se puedan concebir. Es la parte más atroz de tu Pasión. María Santísima, que todo ve y todo siente, llora. El Cielo se ensucia. La tierra parece atemorizarse de horror. El vozerio alvar del pociléu hostil busca impregnar de vulgaridad la escena sublime. Mientras tanto, un grito de dolor partido de vuestro pecho sube hasta el cielo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

Es la hora del triunfo supremo de la iniquidad. Es también la hora de la misericordia extrema, de las conversiones inesperadas y milagrosas. El alma del Buen Ladrón va a esperar en el limbo. Y millones y millones de almas, por los méritos infinitos de vuestra última agonía, por el valor impetatorio de las lágrimas de María, en todos los siglos se van a convertir meditando en ese paso de vuestra Pasión.

Entre estas, Señor, pongame a mí. Romper el hielo de mi voluntad tibia. Quema mis visiones condescendientes hacia las pompas y obras de Satanás. Haced de mí un hijo de la Luz, fuerte, puro, intrépido, terrible para vuestros adversarios como si fuera un ejército en orden de batalla.

«Por las lágrimas de María, Por la última agonía, Tienen de mí compasión».

Todo se acabó: «consummatum est» (Jn 19, 30).

Vuestra cabeza pende inerte. Una paz majestuosa, suavísima y divina se muestra en todo su cuerpo. Estabas lleno de paz, oh Príncipe de Paz.

Pero en torno a Vos todo es aflicción y perturbación. Aflicción extrema en el Corazón de María, y en el pugilo de vuestros fieles. Perturbación en el universo entero. El sol se oscurece, la tierra tiembla, el velo del Templo se cierra, los verdugos huyen. Pero vosotros estáis en paz.

Sí, porque todo se consumó. Porque la iniquidad patentó su infamia hasta el final. Y porque has patentado hasta el extremo tu divina perfección.

Por los méritos superabundantes de tu Pasión y Muerte, se da a los hombres reconocer toda la belleza de la Luz y todo el horror de las Tinieblas. Para que sean hijos de la Luz e irreductibles enemigos de las tinieblas.

Al pie de la Cruz, está María. Que sublimes meditaciones se dan en lo íntimo de Aquella de quien narra el Evangelio que ya en los albores de vuestra vida terrena «guardaba en su Corazón todas las cosas» que os decía respeto (cfr. Lc 2, 51).

Inmaculado Corazón de María, Sede de la Sabiduría, comunica una chispa, por pequeña que sea, de vuestra lucideísima y ardorosísima meditación sobre la Pasión y Muerte de tu Hijo, mi Redentor, para que yo la guarde como fuego sagrado y purificador, de mi alma…

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