Martires de la Tebaida

CONMEMORACIÓN DE MUCHOS SANTOS MÁRTIRES DE LA TEBAIDA, EN EGIPTO

Por los años 250 de Jesucristo publicáronse en Egipto los edictos de Decio y Valeriano que condenaban á muerte á todos los que profesaban la ley del Evangelio.
Muchos fueron llevados al suplicio; los cuales deseaban acabar pronto al golpe del cuchillo por el nombre do Cristo; más el enemigo astuto buscando prolijos tormentos para matarlos despacio, deseaba que antes perdiesen las almas que los cuerpos. Uno de ellos habiendo vencido el tormento del potro, y de las planchas y sartenes ardiendo, untado de miel, fué puesto desnudo á los ardores del sol, atadas las manos á las espaldas, para que lo comiesen los tábanos y moscas.
A otro, atado entre blandas y hermosas flores, le llevaron una mujer deshonesta para incitarle á la sensualidad; pero el santo se corló la lengua con los dientes y la escupió a la cara de la ramera.
En fin todos fueron martirizados por medio de tormentos exquisitos; pero ni uno solo vaciló en la fé.

FuenteLa leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc.

 

Martires de la Tebaida

«No hay palabras que alcancen a decir las torturas y los dolores que sufrieron los mártires de la Tebaida, lacerados en todo el cuerpo con cascos en vez de garfios, hasta que expiraban, y las mujeres que, atadas en alto por un pie y tironeadas hacia abajo por la cabeza mediante poleas, con el cuerpo enteramente desnudo, ofrecían a las miradas de todos el más humillante, cruel, deshumano de los espectáculos.
Otros morían encadenados a los troncos de los árboles. Por medio de aparatos, en efecto, los verdugos doblaban, reuniéndolas, las más duras ramas y ataban a cada una de ellas las piernas de los mártires: dejaban luego que las ramas volvieran a su posición natural, produciendo por lo tanto un total descuartizamiento de los hombres contra quienes concebían tales suplicios.
Todas estas cosas no ocurrieron durante unos pocos días o por breve tiempo, sino que duraron por un largo período de años; cada día eran muertas alguna vez más de diez personas, otra vez más de veinte, otras veces no menos de treinta, o hasta alrededor de sesenta. En un solo día fueron hechos morir cien hombres, seguramente con sus hijitos y esposas, ajusticiados a través de una secuencia de refinadas torturas.
Nosotros mismos, presentes en el lugar de la ejecución, constatamos que en un solo día eran muertos en masa grupos de sujetos, en parte decapitados, en parte quemados vivos, tan numerosos que hacían perder vigor a la hoja del hierro que los mataba e incluso la rompían, mientras los verdugos mismos, cansados, se veían obligados a turnarse.
Contemplamos entonces el brío maravilloso, la fuerza verdaderamente divina y el celo de los creyentes en Cristo, Hijo de Dios. Apenas, en efecto, era pronunciada la sentencia contra los primeros condenados, otros desde varios lugares acudían corriendo al tribunal del juez declarándose cristianos, prontos a someterse sin sombra de vacilación a las penas terribles y a los múltiples géneros de tortura que se preparaban contra ellos.
Valientes e intrépidos en defender la religión del Dios del universo, recibían la sentencia de muerte con actitud de alegría y risa de júbilo, hasta el punto que entonaban himnos y cantos y dirigían expresiones de agradecimiento al Dios del universo, hasta el momento en que exhalaban el último aliento.
Maravillosos, en verdad, estos cristianos, pero aún más maravillosos aquellos que, gozando en el siglo de una brillante posición, por la riqueza, la nobleza, los cargos públicos, la elocuencia, la cultura filosófica, pospusieron todo esto a la verdadera religión y a la fe en el Salvador y Señor nuestro, Cristo Jesús.

 (Eusebio, Historia Eclesiástica, VII, 9).

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