La Batalla de Lepanto: una victoria salvadora

Hace 450 años, el 7 de octubre de 1571, la escuadra católica compuesta de 208 galeras se concentró en el golfo de Lepanto. Al avistarse la flota turca, muy superior (286 naves), Don Juan de Austria mandó izar el estandarte brindado por el Papa y gritó: “Aquí venceremos o moriremos”. Enseguida dio la orden de batalla.

Los primeros embates fueron favorables a los musulmanes, que formados en media luna lanzaron una violenta carga. Los católicos, con el Rosario al cuello, prestos a dar la vida por Dios y quitársela a los infieles, respondían a sus ataques con el máximo vigor posible.

Pero a pesar de la bravura de los soldados de Cristo, la numerosísima flota del Islam, comandada por Ali-Pachá, parecía prevalecer. Después de diez horas de encarnizado embate, los batalladores católicos temían la derrota, que traería graves consecuencias para la Cristiandad europea. Pero, ¡oh prodigio! Quedaron sorprendidos al percibir que, inexplicablemente y de repente, los musulmanes, despavoridos, se batían en retirada…

Más tarde obtuvieron la explicación: prisioneros de los católicos, algunos islamitas confesaron que una brillante y majestuosa Señora había aparecido en el cielo, amenazándolos e inspirándoles tanto miedo, que entraron en pánico y comenzaron a huir.Tan pronto se inició la retirada de los barcos musulmanes, los católicos se reanimaron y la batalla revirtió: los infieles perdieron el 80 % de su flota (130 navíos capturados y más de 90 hundidos o incendiados), tuvieron 25.000 muertos, y casi 9.000 fueron capturados. Las pérdidas católicas fueron mucho menores: 8.000 hombres, y solamente 17 galeras perdidas.

La Batalla de Lepanto: una victoria salvadora

Victoria alcanzada por el Rosario

Mientras en las aguas de Lepanto se trababa la decisiva batalla, la Cristiandad rogaba el auxilio de la Reina del Santísimo Rosario. En Roma, el Papa San Pío V había pedido a los fieles que redoblasen las oraciones. Las Cofradías del Rosario promovían procesiones y oraciones en las iglesias, suplicando la victoria de la armada católica.

El Pontífice, gran devoto del Rosario, en el momento mismo del desenlace de la batalla estaba reunido con su tesorero, Donato Cesis, examinando graves problemas financieros. “De repente se separó de su interlocutor, abrió una ventana y quedó suspenso, contemplando el cielo. Volvióse después a su tesorero, y, con aspecto radiante, le dijo: — Id con Dios. No es ésta hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo, pues nuestra escuadra acaba de vencer. Y apresuradamente se dirigió a su capilla a postrarse en acción de gracias. Cuando salió, todo el mundo pudo notar su paso juvenil y su aire alegre”.

La milagrosa visión fue confirmada recién en la noche del día 21 de octubre, dos semanas después del gran acontecimiento, cuando finalmente llegó a Roma un correo con la noticia. San Pío V tenía mejores y más rápidos medios para informarse…

En memoria de la estupenda intervención de María Santísima, el Papa se dirigió en procesión a la Basílica de San Pedro, donde cantó el Te Deum Laudamus. También introdujo la invocación Auxilio de los Cristianos en la Letanía de Nuestra Señora.Y para perpetuar esta extraordinaria victoria de la Cristiandad, fue instituida la fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, que dos años después tomó la denominación de fiesta de Nuestra Señora del Rosario, conmemorada por la Iglesia el día 7 de octubre de cada año.

Fuente: http://www.fatima.pe/articulo-163-el-santo-rosario

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