La Ascensión de nuestro Señor Jesucristo a los Cielos

 Hay tres jueves en el año  que relucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión

Después que resucitó el Salvador del mundo, ya impasible y glorioso, estuvo acá en la tierra cuarenta días, subió á los cielos y volvió al lugar, de donde había bajado, para dar fin y cumplimiento á la obra, que el Padre Eterno le había encomendado.San Lucas evangelista, en el libro de los hechos apostólicos dice, que después de la pasión se mostró á los apóstoles por espacio de cuarenta días, probando que verdaderamente había resucitado por muchos medios y señales, apareciéndoles y habiéndoles del reino de Dios. No estaba el Señor en este tiempo siempre con sus discípulos, ni siempre se les aparecía, sino de cuando en cuando; para que por una parle se confirmasen en la fe de la resurrección, viéndole vivo y que hablaba, comía y trataba con ellos; y por otra, para que poco á poco se acostumbrasen á carecer de su presencia corporal, y sintiesen menos la ausencia que, subiendo á los cielos, había de hacer el día de su maravillosa ascensión. Tomó cuarenta días para conversar con los suyos: porque corno había estado cuarenta horas muerto, le viesen cuarenta días vivo, y por aquí viésemos, cuanto más liberal es Dios en los consuelos, que en las penas, y en los gozos que en los trabajos; pues las penas se miden por horas, y los gozos y consuelos por días. Dice más san Lucas, que en este tiempo hablaba el Señor con sus discípulos del reino de Dios: porque aunque todas las palabras, que habló Cristo nuestro Redentor en su vida, fueron enderezadas para ensoñamos en qué consiste el reino de Dios, y por qué camino habernos de ir á él; todavía después de su santa resurrección hablaría más claramente de la grandeza y excelencia del reino de los cielos, así porque él ya dejaba sus discípulos corporalmente, y se iba á él, como porque los mismos discípulos estaban más hábiles para entender aquella doctrina, que les enseñaba, de cosa tan alta y que tanto excede nuestra capacidad: y asimismo les hablaba del reino de Dios; porque les declaraba el gobierno de su Iglesia, que es su reino, y sus vasallos son los fieles, los cuales el mismo Señor, como rey soberano, gobierna por sus ministros exteriormente, é interiormente por los dones y gracias, que infunde en las almas, justificándolas y guiándolas á la bienaventuranza.De este reino de Dioses de creer, que habló Cristo á los sagrados apóstoles, enseñándoles muchas cosas de la armonía y jerarquía de la Iglesia, y de los grados de las órdenes eclesiásticas, y del sumo Pontífice, que como cabeza y Pastor supremo preside á todos, y que del aprendieron el número, las formas y materias necesarias de los sacramentos, y las ceremonias y ritos, con que para mayor ornato de la Iglesia se habían de administrar, y especialmente del modo de celebrar el sacrosanto misterio de la Misa, y ofrecerle por los vivos y por los muertos; de la intercesión de los santos, y del afecto y devoción, con quo habernos de procurar su favor; de los preceptos, que nos da la Iglesia, para que con ellos más fácilmente guardemos los preceptos de Dios; del ayuno, del celebrar las fiestas, y honrar á los santos y adorar sus imágenes y reliquias; y de otras cosas como estas: porque habiéndolas guardado todas la santa Iglesia desde sus principios, con tanta piedad, religión y constancia; de creer es, que todas nacieron de Cristo, como de su fuente, y que en aquellos cuarenta días, que habló con sus apóstoles del reino de Dios, y del gobierno de su Iglesia, él se las declararía.

Habiendo, pues, nuestro celestial Maestro, enseñado á sus apóstoles las maravillas del reino de Dios, y confirmándolos en la fé de su resurrección, determinó subir á los cielos en cuerpo y en alma, y como nobilísimo triunfador, entrar triunfando en aquella imperial ciudad, acompañado de aquel ¡numerable ejército de cautivos, que con su sangre había rescatado, porque así convenía á su gloria y nuestro provecho. A su gloria convenía; porque habiendo resucitado de una vida pasible y mortal, á otra impasible é inmortal, no era decente, que su cuerpo glorioso estuviese en la tierra, que es lugar de generación y corrupción, sino en el cielo, que es incorruptible, lugar propio de los cuerpos glorificados. Convenía á la grandeza del Señor, que se había humillado y abatido tanto por nosotros, que él mismo dijo de sí: Yo soy gusano y no hombre, oprobio de los hombres y deshecho y menosprecio de la gente, que fuese glorificado y ensalzado, no solamente sobre todos los hombres, pero sobre todos los coros de los ángeles, y colocado á la diestra del Padre. Convenía á su bondad que nos declarase, que su reino no era de la tierra, como los judíos esperaban y los apóstoles al principio pensaban, sino del cielo, y que no consiste en los bienes caducos y frágiles de esta vida, que por mucho que duren, con ella se acaban; sino en los espirituales y eternos; y que no tiene mas parte en el remo de Cristo el más noble, ni el más honrado y más rico y abundante de los bienes temporales, sino el que con más ansia sube con Cristo al cielo, y anhela á la bienaventuranza. Convenía asimismo, que con esta subida á los cielos nos enseñase, que no es este mundo nuestra patria, sino cárcel y destierro, y que las almas cristianas y puras, aunque el cuerpo esté en la tierra, deben morar por deseo, donde está todo su bien: y este también es nuestro provecho; porque de tal manera hizo el Señor sus obras, que en ellas siempre juntó su gloria y nuestro bien, como se ve en esta ascensión del Señor, de la cual se derivan á nosotros muchas y muy grandes utilidades: porque primeramente aprovechó esta gloriosa subida del Señor para mayor perfección de nuestra fé; porque á la condición de la fé pertenece, que no se vean las cosas que cree: para lo cual fué conveniente, que este Señor, que fué el objeto principal de nuestra fé, se ausentase de nuestra vista, para que así fuese nuestra fé de otra condición, que la de santo Tomás, á quien dijo el Señor: Porque me viste, Tomás, creíste bienaventurados los que no vieren: de suerte, que nuestra fé, que no consiste en ver con los ojos corporales y tocar con las manos, sino en no ver y creer, con la subida del Señor al cielo se hizo más robusta; y así dijo san León papa: diste vigor y esta virtud es propia de razones grandes, y una lumbre de almas verdaderamente fieles, creer sin alguna duda lo que con los ojos corporales no se ve, y llegar con el deseo á donde no puede llegar la vista. Demás de esto, fuénos provechosa la ascensión del Señor; porque con ella se aviva y asegura nuestra esperanza; porque él mismo dijo, que iba á aparejarnos el lugar, como lo hizo, subiendo al cielo; porque no subió solamente para sí, sino para todos nosotros, y como cabeza nuestra lomó la posesión de aquella gloria para sus miembros. Rompió los cerrojos, con que habían sido cerradas las puertas del cielo por el pecado de Adán: abriónos el camino, para que nosotros pudiésemos llegar á aquella celestial bienaventuranza; y para que tuviésemos más ciertas prendas y seguras de este tan gran bien, llevó consigo las almas de aquellos santos Padres, que había librado del limbo: y así dijo el Señor hablando con el Padre Eterno antes de su pasión: «Padre yo quiero, que los que Vos me habéis dado estén conmigo, donde Yo estoy». Por esto dijo san León papa: «La ascensión de Cristo es nuestro aprovechamiento; porque donde precedió la gloria de la cabeza, allí tiene el cuerpo esperanza de llegar: y no solamente habernos entrado en la posesión del paraíso; mas en Cristo habernos penetrado hasta lo más alto del cielo». Esto es de san León papa. Porque aunque en su pasión nos mereció Cristo este reino y nos adquirió el derecho que tenemos á él; más en la ascensión de hecho nos abrió el camino, y nos mostró, que ya el cielo está conquistado, y la posesión está tomada en nuestro nombre. Pues la caridad, ¿cómo se inflama con esta subida del Señor? Porque si donde está nuestro tesoro, allí esta nuestro corazón, y todo nuestro tesoro es Cristo; ¿dónde es razón que esté nuestro corazón, sino donde está Cristo? ¿Y que estando nuestro tesoro en el cielo; no esté nuestro corazón en la tierra? En el cielo ha de estar nuestro amor, nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestros pensamientos y nuestros deleites.

Allí está todo nuestro bien; y mucho más debemos estar colgados de él, que este mundo inferior lo está de las influencias del cielo. Para esto nos es de gran motivo la ascensión del Señor, como lo fué á los apóstoles, á los cuales él mismo dijo, que no recibirían al Espíritu Santo, si él primero no subiese á los cielos; porque con su presencia corporal estaban entretenidos y recreados, y miraban aquella sagrada humanidad con ojos de carne, y no subían á la consideración de la magestad inmensa de la divinidad, como lo hicieron después que el Salvador subió á los cielos. También por otra razón fué de grandísimo provecho para nosotros esta subida del Señor: porque así como en la tierra hizo oficio de Redentor; así ahora en el cielo hace oficio de nuestro abogado, como lo dice el amado discípulo por estas palabras: «Hijos míos, esto os escribo, para que no pequéis; pero si alguno pecara, abogado tenemos para con el Padre, á Jesucristo su Hijo, el cual es propiciación por nuestros pecados». Y no solo es abogado; mas también es gobernador, proveedor y defensor de su Iglesia; con la cual está y estará, como él lo prometió, hasta el fin del mundo, no solamente en la sacrosanta Eucaristía, en la cual, partiéndose de nosotros, se nos dejó para nuestro remedio y consuelo, sino asistiéndola y gobernándola con su admirable é inefable providencia: porque todos los dones y todas las gracias que continuamente se reparten del cielo á toda la Iglesia y á cada uno de los fieles, se reparten por medio de esto Señor, que es la fuente de gracia; y así dice san Pablo, que á cada uno se da la gracia, según la medida con que Cristo la da y reparte. Así que la ascensión del Señor, fué muy gloriosa para él, y muy provechosa para nosotros, como se ve por lo que hasta aquí habernos dicho.

Fuente: La leyenda de oro para cada día del año; vidas de todos los santos que venera la Iglesia; obra que comprende todo el Ribadeneira mejorado, las noticias del Croisset, Butler, Godescard, etc

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