La Plebe: dignificada por la religión y degradada por el Neopaganismo

Plinio Corrêa de Oliveira

“Catolicismo” Nº 75 – Marzo de 1957 (*)

Como se sabe, el gran Louis Veuillot era de origen muy modesto. Su nombre había sido estilizado por él, tal vez para efectos literarios, pero era en la realidad Veillot, esto es viejete. Lo que ya de por sí indica la condición humildísima de su gente.

Ahora bien, en una de las páginas más tocantes que produjo, el inmortal polemista escribió que, si el orden social se restaurase sobre bases católicas, él no querría pertenecer a los estratos elevados, sino que preferiría quedarse en la plebe. Y esto, para auxiliar a la reconstrucción de una plebe digna, consciente de la grandeza de la plebe católica en cuanto plebe católica, celosa de sus derechos y profundamente imbuida de sus deberes. Lo contrario, en definitiva, de la plebe neopagana y revolucionaria, que se avergüenza de ser plebe, que sueña sólo con sus derechos y detesta que se le hable de sus deberes, de una plebe que no desea sino imitar a la burguesía mientras no la derriba. De una plebe como existe típicamente en varios centros industriales del exterior, y como es de recelar que se torne la nuestra en muchos lugares, si los hijos de la Iglesia no acudieren a tiempo con la caridad de los recursos materiales y principalmente con el don de principios claros, vigorosos, auténticamente católicos.

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La metamorfosis revolucionaria de la burguesía procede por etapas y ya llegó lejos. Lo mismo se da con la plebe. Y por esto, si tal vez aún son raros los especimenes de burgués o plebeyo enteramente revolucionario, son frecuentes en todas las clases,  manifestaciones, ya sean más o menos profundas, de las ideas y de los estilos de la Revolución.

Es, pues, útil, para numerosos lectores, burgueses o no, conocer la encarnación de un tipo plebeyo digno, altivo de su calidad de criatura humana incorporada místicamente a Nuestro Señor Jesucristo por el bautismo, pero satisfecho de su modesta condición.

Campesina vestida con decencia y sensata simplicidad, en la cual se nota una compostura que más que el traje, se hace patente en la mirada serena, firme, profunda, pura y equilibrada hasta el más alto grado: su nombre llenó su siglo, se perpetuó en el nuestro, y brillará mientras el mundo sea mundo. En el cielo los Ángeles lo cantan con alabanza ¡Es Bernadette Soubirous, incluida por el Santo Padre Pío XI en el Catálogo de los Santos! Ella no es burguesa, no quiere ser burguesa, no quiere parecer burguesa, ni quiere extinguir la burguesía. Pero pocas burguesas, pocas Princesas incluso, tienen tanta dignidad y decoro personal.

He aquí la elevación, la gloria, la fuerza de una plebe católica no deformada por el hálito de la Revolución.

* * *

El ambiente en que preferentemente, la mentalidad revolucionaria procura dominar, son los sindicatos. Órganos cada vez más poderosos, cada vez más influyentes, deberían por esto mismo tener cada vez más un ambiente interior serio, austero, respetable, a la manera de las corporaciones medievales.

Pero el espíritu de vulgaridad y chacota, que la Revolución hace soplar  en toda la sociedad contemporánea, no eximió a los sindicatos.

He aquí una escena que está lejos de tener este aspecto sólo en los Estados Unidos, pues así es también en otros países.

¿Qué es esto? Por las risas, por los gestos, se diría que es un grupo carnavalesco que ensaya una salida “solemne”. Sin embargo, es un grupo de obreros en una juerga con aires burgueses – en el peor sentido en que los revolucionarios usan indebidamente el término – que señala un acontecimiento grave: la victoria en las elecciones para los cargos del directorio de un sindicato.

¿No existe un verdadero contraste entré uno y otro cliché?

Dos concepciones de la plebe. Más. Mucho más. Dos concepciones de la vida.

(*) Traducción y difusión por el sitio Acción Familia (Santiago de Chile)

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